Lectura


Bruno se sentó en la cama y por un instante sintió ganas de que Gretel se sentara a su lado, lo abrazara y le asegurara que todo saldría bien y que al final aquello acabaría gustándoles tanto que ya no querrían regresar a Berlín. Pero ella seguía mirando por la ventana […] estaba mirando a la gente.
                      
— ¿Quiénes son todas esas personas? — preguntó con un hilo de voz, como si pensara en voz alta — ¿Y qué hacen allí?

Bruno se levantó y por primera vez ambos miraron juntos por la ventana, pegados el uno al otro, contemplando lo que pasaba más allá de aquella alambrada levantada a menos de quince metros de su nuevo hogar.  Allá donde mirasen veían individuos que iban de un lado a otro; los había altos, bajos, viejos y jóvenes. Unos estaban de pie, inmóviles, formando grupos, con los brazos pegados a los costados, intentando mantener la cabeza erguida, mientras un soldado pasaba ante ellos gesticulando con la boca muy deprisa, como si les gritara algo […] Algunos cargaban palas y eran conducidos por soldados hacia un sitio que quedaba oculto.  Bruno y Gretel vieron a cientos de personas, pero había tantas cabañas y el campo se extendía hasta tan lejos, más allá de donde alcanzaba la vista, que daba la impresión de que debía de haber miles.

 —Y qué cerca de nosotros viven —comentó Gretel frunciendo el ceño—. En Berlín, en nuestra tranquila y bonita calle, sólo había seis casas. Y mira cuántas hay aquí. ¿Cómo se le ocurriría a Padre aceptar un empleo en un sitio tan horrible y con tantos vecinos? No tiene sentido.

—Mira allí —dijo Bruno.  Gretel siguió la dirección que señalaba el dedo de su hermano y vio salir de una lejana cabaña a un grupo de niños y a unos soldados que les gritaban. Cuanto más les gritaban, más se amontonaban los niños, pero entonces un soldado se abalanzó sobre ellos y los niños se separaron e hicieron lo que al parecer les ordenaban, que era ponerse en fila india. Cuando lo hicieron, los soldados se echaron a reír y aplaudieron.  

—Deben de estar ensayando algo —sugirió Gretel, sin tener en cuenta que al parecer algunos niños, incluso mayores, incluso los que tenían la misma edad que ella, estaban llorando.

—Ya te decía yo que aquí había niños —dijo Bruno. —Pero no son la clase de niños con los que yo quiero jugar. Mira qué sucios están. Hilda, Isabel y Louise se bañan todas las mañanas, como yo. Estos niños parece que no se hayan bañado en la vida […]

—Me voy a mi habitación a ordenar mis muñecas —anunció—. La vista es más bonita desde allí. […]

Su hermano se acercó a la ventana y, mientras contemplaba a aquellos cientos de personas que trajinaban o deambulaban a lo lejos, reparó en que todos; los niños pequeños, los niños no tan pequeños, los padres, los abuelos, los tíos, los hombres que vivían en las calles y que no parecían tener familia, llevaban la misma ropa: un pijama gris de rayas y una gorra gris de rayas.

—Qué curioso —murmuró, y se apartó de la ventana. 

El niño con el pijama de rayas, John Boyne